3.- … Felicidad.
Y ciertamente, Tom no lo vio venir.
Aún con los pijamas puestos, una barba de días, platos de comida, lo mismo que tazas y vasos en distintos estados de enmohecimiento y descomposición que se apilaban a su alrededor y creaban una cuasi muralla entre la portátil y él contra el mundo, el mayor de los gemelos apenas fue consciente del ruido en el piso inferior. También hizo caso omiso de las duras pisadas en la escalera, anunciando que alguien subía.
De lo que no pudo huir, fue de Bill, que abriendo la puerta del estudio y asomando la cabeza dentro de la habitación, rompió su concentración.
—Tenía la esperanza de que estuvieras haciendo algo más —murmuró apenas verlo inclinado sobre la pantalla de la portátil y con una mano apoyada encima del mouse.
—No puedo —respondió Tom sin siquiera molestarse a verlo; de momento, sólo tenía ojos para su mascota Billy—. Estoy a punto de iniciar un maratón. Necesito doscientas monedas más si quiero tener hoy el auto de lujo que sólo puedes comprar si eres nivel treinta y cinco o superior.
—Tomi...
—Mmm...
—Tom.
—Mmm... —Dijo Tom con exasperación de verse interrumpido; tan atento se encontraba a dónde colocaba el puntero del mouse en la pantalla, que no prestó atención a los felinos pasos de Bill, deslizándose dentro de la habitación en pos del tomacorrientes que alimentaba la portátil.
—¡Tom Kaulitz!
—¡¿QU…?! —Desvió Tom la mirada de su mascota, enseñando los dientes—. Carajo, Bill —volvió a mirar el monitor—. Por tu culpa perdí, y era mi última carrera del día. Ahora tendré que esperar hasta que empiece un nuevo día en el juego y aún faltan dos horas, maldita sea.
—Eso es perfecto —se cruzó de brazos el menor de los gemelos—. Al menos así podrás hoy darte una ducha, comer como persona civilizada en la cocina y hacer algo de provecho con tu vida.
—Estoy haciendo algo bueno con mi vida, muchas gracias —masculló Tom, girando de vuelta para concentrarse en el juego.
—Algo que incluya personas, Tom, no muñecos de felpa que sólo están en la computadora.
El mayor de los gemelos bufó malhumorado. —Bill, tú fuiste el que me sugirió que me buscara un pasatiempo.
—Sí, pero...
—... y ahora tengo uno. Puede que no te guste, que no le encuentres sentido, que pienses que es una pérdida de tiempo, pero yo pienso lo contrario. Aún no tenemos prisas por sacar un nuevo álbum, vivimos los dos solos en medio de la nada y ya me harté de la televisión o de tomar baños de sol todo el día. Me gusta jugar Pet Society y fue tu idea, así que... Jódete —y sin darle una oportunidad más a su gemelo de abrir, la boca, sujetó la portátil y desconectando el cable de la pared, enfiló fuera de la habitación.
Con la mandíbula desencajada, Bill lo dejó partir.
Ok, porque al menos consigo mismo Tom se negaba a mentir, lo cierto es que no estaba tan obsesionado con su mascota, los puntos, los niveles o las monedas que recibía por visitar, bañar y dar de comer a las mascotas de otros jugadores. En sí, el juego le parecía ingenioso, con gráficos -si bien no catalogados ‘excelentes’ o ‘buenos’- al menos sí como ‘lindos’.
Como pasatiempo para la tarde, era bueno. Lo distraía, le quitaba el estrés y conforme avanzaba de nivel y conseguía los ítems necesarios para desbloquear premios especiales, también le divertía.
Y sin embargo... El mayor de los gemelos tenía que confesarlo, no era tan divertido como estar con Bill. Su mascota, Billy, si bien era un fiel reflejo de su gemelo, plus las orejas, minus la tercera dimensión, no era el mejor sustituto. Ni de broma se podían comparar, pero por órdenes de su gemelo, tenía que conformarse con lo que podía tomar.
Tamborileando los dedos sobre la tapa de la portátil, con los ojos resecos por haberse pasado toda la noche agregando usuarios nuevos a su vecindario y así conseguir monedas extras, Tom sólo se sentía cansado. A menos de cien mil puntos de llegar al nivel cuarenta y poder agregar a su colección un automóvil de los que sólo se podía conseguir pasado cierta cantidad de tiempo y horas de esfuerzo, no podía más que desear cerrar sesión en Facebook y acostarse a dormir por lo menos dos días seguidos hasta que sus fuerzas volvieran con renovado brío.
Cerrando los ojos ante la idea, Tom saboreó la posibilidad de reposar la cabeza sobre la suave almohada, con Bill a su lado, de espaldas a él, presionando su despeinado cabello contra su nariz, haciéndole cosquillas pero al mismo tiempo oliendo delicioso. Así, Tom le pasaría una pierna por encima del muslo desnudo, acariciando con movimientos largos y sensuales la piel de su cadera, recorriendo el tatuaje en forma de estrella que su gemelo tenía ahí y ocasionándole una erección de la que después se encargaría con gusto.
Porque eso era, gusto. Hacer a su gemelo feliz, era todo lo que Tom deseaba en su existencia. Que de paso él encontrara la satisfacción, bueno, eso era un extra que la vida les daba.
—Tom, ¿sigues despierto? —Lo sacudió la voz de Bill, que a diferencia del día anterior, era más suave, menos incitante a la pelea—. ¿Al menos fuiste a la cama anoche?
—Uhm —abrió el mayor de los gemelos los ojos. Sentado frente a la mesa de la cocina, las horas habían pasado a una rapidez tal, que el sol no tardaría en salir por la ventana—. No pensé que me quisieras en cama luego de... Ya sabes.
—Respecto a eso... —Sujetando el marco de la puerta con fuerza, descalzo, en pijamas y con aspecto de haber pasado una mala noche, Bill parecía menor de lo que era—. Lo siento.
—¿Por?
Bill se mordisqueó el labio inferior. —No estoy seguro aún, pero creo que es por... haberte empujado a esto. Que peleemos o no antes de ir a dormir, no es motivo para que pases la noche en vela. La cama es de los dos y no quiero sentir que el único que la pasa mal eres tú. Llámalo cursi, pero para mí ese es nuestro lecho matrimonial y nada debe interponerse entre los dos cuando al final del día, toque descansar. Lo que no podamos resolverlo antes de dormir... seguro en la mañana no será tan malo como creeríamos en un inicio.
El mayor de los gemelos se talló el ojo derecho. —Ok.
Bill lo imitó, tallándose el ojo izquierdo. —Aún es temprano.
—Sí.
—¿Quieres ir a la cama conmigo?
Tom lo pensó por un segundo; en el horno tenía un pastelillo que lo haría llegar a ser Sous Chef, saldría en menos de quince minutos. Bien podría decirle a su gemelo que esperara por ello, pero la simple sugerencia murió en sus labios cuando Bill extendió la mano y por inercia, Tom se la sujetó.
Siguiéndolo como si fuera su dueño, Tom dejó detrás de si la portátil, el juego y su mascota, olvidados.
Luego de despertar pasado del mediodía, enredados en una maraña de extremidades y sábanas, Tom y Bill lucharon un rato en la cama, terminando con el cabello de punta por la estática, la respiración agitada y Tom sobre Bill.
—Te tengo —le dijo éste a su gemelo, resoplando contra su cuello, agitado por la victoria.
—¿Seguro que es así y no al revés? —Elevó Bill su pelvis, presionándose contra Tom y apreciando que no era el único que había despertado caliente aquella mañana.
—Ok, puede ser un empate si insistes —se inclinó Tom en pos de su boca. Un ligero beso, porque los dos eran muy sensibles al aliento matutino y preferían reservarse la sesión de caricias intensivas para después de haberse pasado el cepillo con una buena dosis de pasta mentolada.
—Esto es tan agradable —musitó Bill con Tom encima de él, cada centímetro de piel expuesta a la intemperie, cubierta bajo las caricias de sus manos.
—Sí —le dio Tom la razón—. No recuerdo la última vez que hicimos esto, que nos quedamos en cama todo el día y sólo salimos para pedir un par de pizzas. Que flojeamos hasta que la espalda nos dolió de tanto estar acostados.
—O que mi trasero dijo ya no más —soltó Bill una risita maliciosa—. Por lo menos un mes que no lo hacemos.
Tom succionó contra su clavícula, bamboleando su cadera contra la de su gemelo. —¿Es una sugerencia o me estoy adelantando con mis conclusiones?
Los dedos de los pies de Bill se contrajeron de placer. —Tómalo como quieras, sólo quedémonos en cama el resto del día. Veamos películas, hagamos el amor hasta que ya no podamos más...
—Me gusta —dijo Tom, pensando en el botón de Facebook.
Atento a la línea de ideas que Tom llevaba en la cabeza, Bill lo pellizcó. —Declaro esta habitación libre de Facebook, so pena de no tener sexo hasta nuestro cumpleaños.
Tom hizo un puchero. —¡Pero faltan más de tres meses para eso!
—Precisamente por eso —deslizó Bill las manos por dentro de los bóxers de su gemelo, sujetando sus glúteos con fuerza y obteniendo con ello que el ritmo de sus caderas se acelerara—, no lo arruines para los dos.
—Concedido —aceptó Tom, apoderándose de los labios de su gemelo y haciéndolo olvidar cualquier amenaza.
Por lo menos aquel día, Pet Society quedó en el olvido.
Y porque la felicidad no podía durar demasiado...
—Tom, vamos, deja eso —tironeó Bill del brazo de su gemelo, ayudado por los cuatro perros que se agitaban nerviosos, sujetos ya por las cadenas alrededor del cuello y deseosos de su paseo vespertino—. Anda, Tomi, o serás tú el que limpie los rincones apestosos si no sacamos a las cuatro bestias.
—Ya voy, ya voy. Dame un minuto y salimos —cliqueó Tom con rapidez en la pantalla.
—¡Tom!
—¡Un minuto, por Diox santo, sólo uno! —Estalló Tom, apartando uno de los perros, que empecinado igual que su gemelo por salir a pasearlos, tironeaba de la manga de su camiseta—. Tú también, Nova, esperen un poco. Sólo tengo que gastarme mis cinco palas del día y ver si puedo conseguir el sexto fragmento del tesoro del faraón. Es el último, sólo me falta ése y podré conseguir el regalo extra.
De no ser porque no era una caricatura, Bill pensó que le saldría humo negro de las orejas expulsado a presión. —¡Eso me dijiste hace una hora! Los perros tienen que ser paseados, Tom. No es opcional. Tienen un horario y se ponen ansiosos y se confunden cuando no lo cumplimos.
Como si quisieran darle apoyo al único de sus dueños que al parecer velaba por su bienestar, los cuatro perros comenzaron a ladrar y a moverse en círculos alrededor de las piernas de Bill, creando un caos con las cadenas y aumentando el estado de confusión reinante.
—Ya te dije que... —Repitió Tom sus palabras, apretando los dientes hasta el umbral de dolor.
—¡Perfecto! ¿Quieres un minuto? Toma una hora, yo me largo sin ti —lo interrumpió su gemelo, halando de las cadenas de los perros y guiándolos hacia la puerta principal—. Espero que cuando vuelva seas tú mismo y no ese idiota obsesionado con un juego de pacotilla.
—¡Bill! —Gritó Tom, apresurándose lo más posible, maldiciendo por lo bajo lo que en su opinión era una exageración por parte de su gemelo; no tenía una hora jugando, si acaso, sólo cincuenta minutos—. ¡Bill! —Volvió a gritar, acelerando en lo posible lo que quería hacer. Si estaba dispuesto a sacrificar visitar a los últimos quince amigos del vecindario, podría salir y regresar a tiempo para hacerlo—. ¡BILL, espérame!
El fuerte portazo que hizo temblar todos los cristales de la casa, fue su única respuesta.
—Mierda...
—No, Tom no se va a salir con la suya —les dijo Bill a los perros, cuando horas más tarde después del largo paseo al que los había llevado, sus cuatro mascotas descansaban arriba de la cama mientras él se enfrascaba buscando entre las cajas de la mudanza un objeto que él recordaba haber guardado ahí—. Claro que no...
Uno de los perros más grandes aulló, presintiendo con su instinto animal que uno de sus dueños recibiría una reprimenda por parte de otro; un regaño peor que orinarse sobre la alfombra. Otro más de los perros se cubrió el hocico con las patas; el resto agachó las orejas.
—¡Eureka! —Exclamó Bill con emoción, la punta de la nariz sucia con mugre por las innumerables veces que se la había rascado en la última hora; el polvo desenterrando una vieja alergia que no recordaba tener. Luego de un par de estornudos, cada uno tan fuerte que el menor de los gemelos creía el cerebro se le iba a salir por las fosas nasales, alzó a la vista de los cuatro perros, un par de esposas forradas en terciopelo rosa chillón.
El año antepasado y con motivo de una broma por parte de Georg y Gustav, sus compañeros de banda habían fingido el secuestro de Tom enseñándole a Bill una nota hecha con letras recortadas de periódicos y revistas, donde un imaginario raptor imaginario pedía verlo desnudo en el próximo concierto si quería volver a ver a su gemelo con vida. Bill, que pasó de pálido al borde del desmayo a rojo granate de la rabia que lo consumía, sacó a sus amigos partiéndose el culo de risa del autobús que sólo les pertenecía a él y a Tom, para dedicarse a buscar a su gemelo.
Luego de una hora llamando su nombre sin mucho éxito, Bill miró en el lugar más obvio y al mismo tiempo, el único donde no había echado un vistazo. Tal como lo sospechaba, en su propia litera, esposado de manos y pies, amordazado y cubierto por una sábana que lo cubría por completo, se encontraba su gemelo, idéntico gesto de enojo en su casa.
—¡Los voy a matar! —Había gritado cuando Bill lo liberó de su mordaza, húmeda con saliva—. Lo juro, Georg y Gustav no sabrán jamás que es lo que pasó y en veinte años cuando despierten del coma, les diré: “Idiotas, me la han pagado. Con Tom Kaulitz nadie, ¿me escuchan bien? ¡NADIE juega!”.
—Aw, Tomi, pero yo quiero jugar contigo.
Y en un completo ciento ochenta de su estado de ánimo, Bill había sonreído.
—No es gracioso.
—Sí lo es —había murmurado el menor de los gemelos, metiéndose en el reducido espacio de la litera y cerrando la cortinilla detrás de sí—. ¿Inmovilizado a un lado de mí y yo sin saberlo o tomar ventaja? Tsk, eso no es bueno en lo absoluto —los ojos le habían brillado—, ni una pizca.
Esposado e indefenso, Tom le había tenido que dar la razón, y desde aquel día, Bill era el flamante dueño de un par de esposas que de vez en cuando usaban, si el momento y la situación lo permitían o ameritaban.
Uno de los perros rodó en la cama, despertando al resto y sacando a Bill del país de los recuerdos.
—Esto hará a papi volver en sí —agitó las esposas, consiguiendo que los perros movieran la cola, atentos al ruido que producían—, lo prometo, o moriré en el intento. Esto es una lucha entre Billy y yo, y les aseguro que Bill Kaulitz jamás pierde, ¡jamás!
En coro, los cuatro perros aullaron.
Para quien creía que Bill era una muñeca indefensa, sin posibilidades de luchar en contra de su agresor y que se rompía al menor maltrato, el menor de los gemelos ofrecía una de sus sonrisas despectivas.
Esperando el momento adecuado como una serpiente antes de abalanzarse sobre su presa, aguardó hasta la caída del sol, cronometrando siempre las horas que su gemelo llevaba sin dormir y frente a la portátil. Cuando ya casi era medianoche y Tom iba a cumplir las veintisiete horas en pie, fue que revisó sus bolsillos y en cuanto palpó las esposas, atacó.
Tom, a quien ya le dolía el brazo de tanto bañar mascotas ajenas y llevaba tensión acumulada en los hombros y parte de la espalda, apenas si alcanzó a exhalar un ‘ohmph’ sofocado, cuando Bill se abalanzó sobre él y en dos movimientos simples, lo tuvo esposado con las manos al frente y tendido de costado en la cama.
—Tomi, no quería llegar a esto contigo, pero no me dejas de otra —se incorporó a su lado, atento a cualquier patada que su gemelo le quisiera dar—. Es por tu bien, pero creo que eso ya lo sabes.
El mayor de los gemelos intentó liberarse, pero como bien sabía, esas esposas eran de buena calidad y la única manera de quitárselas era con la llave, visitando a un herrero o arrancándose un brazo; de las tres opciones, sólo la primera sonando bien en su cabeza.
—¿Qué haces? —Intentó Tom recobrar su posición anterior, viendo con ojos ávidos que en la pantalla de la portátil, le faltaba poco para llegar al siguiente nivel—. Vamos, Bill. ¿Quieres jugar? Jugamos. Sólo déjame terminar lo que estaba haciendo y te prometo que después-...
—No —lo interrumpió su gemelo—, mala respuesta. Aquí no hay un ‘después’, Tomi.
Rápido de acciones, Bill tomó la computadora y en tres clics prestos, leyó en voz alta: —¿Está usted seguro de eliminar su cuenta de Facebook? El hacerlo borrará sus datos, fotografías y juegos —recalcó la última palabra, paladeando el sabor dulce que en su lengua se apreciaba; el que dijera que la venganza era amarga, estaba equivocado al ciento por ciento.
—¡No, Bill, no! —Gritó Tom demasiado tarde; Bill presionó clic y a diferencia de lo que podía imaginar, el pequeño ruido no resonó en la habitación como una bala de cañón expedida al aire, ni el mundo se destruyó ante sus pies como en una explosión nuclear. A excepción del ruido acelerado de su corazón o el tintinear de la cadena en sus manos, nada parecía salirse de la norma.
—Ya está —suspiró Bill—. Quería que lo hicieras por ti mismo, pero... No nos engañemos, no lo habrías hecho. Así que tomé el asunto en mis manos y listo.
Tom bajó la vista, posando la mirada en sus manos esposadas. —Gracias —murmuró al final.
—Eso es, buen chico —lo acercó Bill contra su cuerpo, besando su cabeza—. Ahora, un baño y a dormir. Me desharé de la portátil y del resto me encargaré yo.
—Pero...
—Tomi —sujetó Bill el rostro de su gemelo con ambas manos—, dije, que yo me encargaré del resto. ¿Confías en mí?
El mayor de los gemelos sintió el dolor de haber perdido semanas de esfuerzo en un pequeño paso. Su cuenta de Facebook, su juego, su mascota, el pobre Billy al que jamás volvería a ver... Pero sabía que lo suyo no era sano. Quería cambiar.
—Sí —musitó por último—, confío en ti.
Si bien esa noche Tom se mostró pasivo, un tanto deprimido pero al mismo tiempo sin que pareciera que se iba a cortar las venas en la bañera usando una cuchara con doble filo, la mañana siguiente fue un cambio por completo radical.
—Argh, ahora mismo podría estar recogiendo mis flores. Doscientos ocho puntos por cada una, doscientos quince si fueran rosas —refunfuñaba a la hora del desayuno, machacando sus pancakes pero sin llegar a probar uno—. Con eso dinero habría podido comprar el nuevo vestuario de pirata, maldita sea.
Lavando sus propios trastes, Bill cerró la llave del agua y se cruzó de brazos. —Qué mal que ya no tengas una mascota, Tom. Perdona si quería a mi gemelo de vuelta y no a un idiota que no puede ni salir de casa por miedo de que sus galletes se quemen ¡en un maldito horno imaginario!
—Uno —alzó Tom el dedo índice—, eran bollos, y dos —alzó el medio, acompañando a su hermano—, tendría a Billy si otro Billy no hubiera metido su nariz en esto.
El menor de los gemelos gruñó con fuerza. —¿Ah sí? Pues este Bill ya se hartó de soportarte. ¿Quieres jugar? Juega. No me interesa. —Se rebuscó en el pantalón hasta extraer de la bolsa trasera una llave—. Del estudio, ahí está la portátil. Si es tan importante para ti, adelante. Arruina tu vida y arruina nuestra relación si tan poco te interesa.
Tom se quedó estático, las últimas palabras de su gemelo quemándole en la piel. —Bill...
—No, estoy harto —se limpió Bill el borde de los ojos, desesperado como nunca—. Sólo quería que... Ya no sé. Pensé que Necesitabas un nuevo pasatiempo, me equivoqué, pero te molestas por... —Gruesos lagrimones le corrieron por ambas mejillas—. No tengo ni la menor idea de lo que estoy diciendo.
—Bill.
—No, quédate aquí, quiero estar solo —salió el menor de los gemelos de la cocina, subiendo de dos en dos las escaleras y encerrándose en su habitación con un portazo.
De esos, Tom había escuchado muchos en pocos días.
—Vete, Tom —ordenó Bill a su gemelo, cuando al cabo de unas horas, su gemelo entró a la habitación que compartían. El perro más pequeño de la casa dormía a sus pies, pero en cuestión de segundos abandonó su sitio ante la llegada de su otro amo; era una regla entre las mascotas, que ninguna tenía un lugar más importante en la jerarquía de sus dueños, que entre ellos dos.
—Dijiste hace poco que esta también era mi habitación, que no te gustaría que me fuera sólo porque tú yo estuviéramos peleando —dijo Tom, acercándose a la cama y con cuidado sentarse a un costado. Por inercia, Bill se alejó—. Lo siento, ¿sí? Llámalo abstinencia, pero me está matando no jugar ahora mismo.
El menor de los gemelos se quedó callado.
—¿Te das cuenta que esto empezó por una tontería y se salió de control? —Insistió Tom—. Si no quería que lo hiciéramos tan seguido, sólo tenías que decirlo. No había necesidad de obligarme a jugar nada. Una orden de tu parte y te habría dado tu espacio.
Bill giró la cabeza. —¿En serio?
Tom apoyó la mano sobre la cintura de su gemelo. —Sabes bien que sí. Hacerlo contigo es... Lo mejor del mundo. Pero es porque eres tú, no porque yo sea un adicto al sexo.
—Pues eres un adicto a Pet Society —replicó Bill con acritud—. ¿No dicen por ahí que existe un gen o algo así que les da propensión a las personas de obsesionarse o desarrollar adicciones?
Tom rodó los ojos. —Si lo tengo yo, lo tienes tú. Gemelos idénticos, mismo AND, ¿recuerdas?
—A veces lo olvido —musitó Bill, girando por completo y quedando más cerca de Tom—. Lo lamento.
—No, yo lo lamento —sujetó Tom una de las manos de Bill con las suyas—. Cinco veces al día, uhm, es algo.
—Mi trasero ya no podía más...
—Pobrecito —deslizó Tom la palma que tenía en la cintura de su gemelo hasta que reposara en uno de sus glúteos—. Tendré que compensarlo... —Repitió el patrón de movimientos en círculos por largos minutos hasta que Bill gimió.
—Tomi, no sigas... —Se mordió el labio—. O sigue, pero...
Presto a cualquier petición, Tom se sacó los zapatos y se recostó a un lado de su gemelo. —¿Mmm? —Tanteó bajo la ropa de Bill con manos sudorosas—. ¿Decías?
Bill atrajo a su gemelo contra sí usando una pierna. —No discutamos por tonterías como Facebook.
—O sus juegos —agregó Tom.
—Eso. Porque nada vale la pena si estamos enojados.
—¿Ni siquiera un dolor de trasero? —Apretó Tom el otro glúteo de su gemelo, sólo para que no se sintiera menos querido.
—Tomi —se rió Bill como colegiala nerviosa frente al chico que le gusta—. Tú ya eres un dolor en el trasero. Pero mi dolor particular y es mi trasero del que hablamos —rozó sus narices en un beso esquimal—, así que está bien.
El mayor de los gemelos refunfuñó. —Ahora verás lo que es un verdadero dolor de trasero.
—¡Ohmph! —Sin saber cómo y cuándo había pasado, Bill cayó de espaldas en la cama. Apenas segundos después, Tom lo liberó de sus pantalones y ropa interior de un certero tirón. La camiseta que llevaba sufrió el mismo trato. Sin corte alguno, el menor de los gemelos yació desnudo en espera de que Tom lo acompañara—. Menos ropa y más acción, Tomi —le guiñó un ojo, atento a que se había quedado con la boca abierta y un sospechoso bulto en los pantalones.
—Estoy en eso —resopló Tom, sacándose la camiseta por encima de la cabeza y sin molestarse en soltar el botón, bajarse los pantalones por las delgadas caderas—. Tadán —se mostró orgulloso. Su pene duro y listo para cualquier tipo de acción que lo incluyera a él y a Bill.
—Ven aquí —lo llamó Bill con un dedo.
Tom no se hizo el de rogar. Alineando su pelvis con la de Bill, siseó largo y tendido cuando sus erecciones se deslizaron como mantequilla sobre el sartén gracias al líquido seminal.
—No recuerdo la última vez que estuvimos así —dijo Tom con voz enronquecida, rodeando la espalda de Bill con sus brazos y deseando que sus cuerpos se fusionaran en uno.
—Yo tampoco, yo tampoco —gimió Bill, elevando las piernas y aprisionándolas alrededor de los muslos de su gemelo—. No puedo creer que te puse a jugar si podíamos hacer esto, ah.
—Yo no puedo creer que te hiciera caso —chupó Tom el cuello de Bill—. Esto es mejor que pasar de nivel... ¡Ouch! —Se rió.
—No bromees o la siguiente vez te dolerá peor —lo amonestó su gemelo, a pesar del pretendido tono molesto, una leve sonrisa en los labios—. Basta de perder el tiempo. Hay que hacerlo.
—¿Cuál es la prisa? —Besó Tom sus hombros, disfrutando el momento—. Hay que hacerlo durar.
—Quizá —convino Bill—, o quizá podríamos hacer eso la segunda vez.
Tom arqueó una ceja. —¿Dos veces en una noche?
—¡Por favor! —Alzó Bill la voz—. Lo dice el que tenía un récord de cinco veces diarias en sus días flojos. Dos veces por lo menos hoy. Me hiciste adicto a ti —susurró Bill contra su oreja—, ahora carga con las consecuencias sí o sí.
—Con gusto.
Pronto los besos tiernos dieron paso a la desesperación hasta llegar a un punto álgido. Con manos prestas, Bill extrajo el lubricante de emergencia que escondían debajo de la almohada para imprevistos como ése, y Tom no se demoró más de unos minutos en prepararlo con dedos rápidos.
—¿Listo? —Preguntó alineando sus cuerpos, Bill moviendo enérgico la cabeza de arriba abajo.
La penetración se realizó sin problemas; Tom sintió aquello como el retorno al hogar. La calidez que lo envolvía era la única bienvenida que deseaba; Bill era lo único que necesitaba.
—Tomi —gimió el menor de los gemelos, arqueando la espalda ante las embestidas que Tom arremetía contra su cuerpo—. Si tuvieras que elegir entre Billy y yo...
Tom se detuvo a la mitad de un movimiento de su cadera. —¿Uh, de qué hablas?
—¿Billy o yo? —Escondió Bill el rostro en el cuello de su gemelo, temblando por completo de lo que la respuesta podría darles a ambos—. Elige a uno de los dos.
Tom se detuvo por completo. —Bill... —Limpió una pequeña gota de sudor que corría por su sien—. Es una pregunta tonta. Tú. Mi mascota se llamaba Billy por algo, ¿eres tan duro de cabeza para entenderlo?
El menor de los gemelos se tragó el sollozo que pugnaba en salir de su garganta. Era un momento perfecto, no quería arruinarlo con sus sentimentalismos.
—Ahora, ¿dónde estábamos? —Retomó Tom el ritmo de sus embestidas, llevando no sólo a él, sino a Bill al borde del orgasmo.
Y porque de otra manera no podía ser, repitieron incansables hasta que las estadísticas de cinco diarios cuadraron como debía ser.
“Bajo el sol de California dice:” Más de cinco veces, Andi!!! *corre por un campo de margaritas* quedé tan adolorido después, pero valió la pena. Extrañaba eso.
“SÆRDNA dice:” Ok, eso es demasiado info para mí, pero me alegro por ustedes dos.
—Más te valía, idiota, tú ocasionaste todo esto en primer lugar —dijo Bill, pero se negó a escribir ese mensaje. Con todo arreglado, lo que menos quería era arruinar su perenne estado de buen humor con simples nimiedades.
“Bajo el sol de California dice:” Claro, mi trasero lo resiente, pero vale la pena :) te dije lo feliz que soy?
“SÆRDNA dice:” Como cinco veces ya, no? Ahhh, no, eso era otro asunto *guiño*
Dispuesto a replicar mordazmente, Bill casi saltó de su asiento cuando Tom le puso la mano sobre el hombro y lo saco de concentración.
—¡Tomi! Demonios, no hagas eso —se llevó la mano al pecho—. ¿Me quieres matar de un susto o qué?
Como respuesta, Tom apoyó el mentón sobre su cabeza y leyó lo que estaba escritor en la ventana de diálogo. —¿Tiene Andreas que enterarse de nuestras hazañas sexuales? —Torció la boca—. Porque no sé si presumir o sentir que tú y él invaden mi privacidad.
—A él no le importa y hablar de esto mantiene la cercanía —replicó Bill, moviendo con rapidez los dedos sobre el teclado.
“Bajo el sol de California dice:” Tom está aquí conmigo, di hola.
“SÆRDNA dice:” Hola sexoadicto, tu gemelo está peor que una cabra de monte.
—Incluso en la distancia, Andreas siempre tiene la razón —se burló Tom.
—Hey —rezongó Bill—, que estamos hablando del mismo Andreas que creyó que Facebook era una buena idea.
—¿Y lo fue o no? —Retó Tom a su gemelo de decir lo contrario, abrazándolo desde atrás—. Míranos ahora, ¿valió la pena o no?
—Uhuh —asintió Bill, ladeando la cabeza y uniendo sus labios con los de Tom. Sin planearlo, su mano cayó sobre el teclado y mandó un último mensaje a Andreas, que hasta nuevo aviso, tendría que esperar a que tuviera tiempo libre. En ese momento no podía atenderlo; ni podía, ni quería; Tom resultaba más entretenido.
“Bajo el sol de California dice:” kjhfUGWEFC
“SÆRDNA dice:” Bill?
“SÆRDNA dice:” estás haciendo lo que creo que haces???!!!
“SÆRDNA dice:” BILLLLLLLLL, responde o pensaré lo peor de ti.
“SÆRDNA dice:” vamos, no juegues conmigo...
“SÆRDNA dice:” ok, ok, te fuiste para romper el récord, comprendo.
“SÆRDNA dice:” Jajaja, ya me reí de la broma, no me ignoren...
Al otro lado de la pantalla, los gemelos se besaron hasta perder el aliento.
—Me gusta la idea de romper el récord —dijo Tom—, ¿qué dices tú?
Bill arqueó una ceja. —Digo que desafío aceptado.
“SÆRDNA dice:” CHICOS?! ESTÁN AHÍ?? NO ME GUSTA SU BROMA!! ¬¬
“Bajo el sol de California se ha desconectado.”
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