miércoles, 13 de julio de 2011

"F es por facebook y..." segunda parte

2.- … Fatales remedios.




—No puedo creer las cosas que hago por ti —masculló Tom en dirección a Bill, ocupando su lugar en una silla frente al escritorio del estudio y esperando paciente a que su gemelo terminara de ajustar los cables para poner en marcha su portátil—. Una vez más, recuérdame, ¿por qué hago esto?
Bill le dio un pellizco en el brazo. —Porque me amas mucho y porque estaba el borde de necesitar un trasplante de trasero por el ritmo en que lo usas. Ahora —batió palmas de felicidad—, todo está listo.
—Ugh —fue la respuesta de Tom, que pulsó el botón de encendido y esperó a que el sistema operativo se cargara para dar inicio a una nueva aventura en su vida.
Bueno, aventura era mucho decir. El mayor de los gemelos más bien llevaba la línea de pensamiento sobre ‘pérdida absoluta e irremediable del tiempo’, pero sin planes concretos en un futuro cercano o una fecha límite para la salida del nuevo disco, poco era lo que tenía para perder.
—Gracias por al menos intentarlo —rompió Bill el silencio entre ambos, sacándole así una sonrisa a su gemelo—. Aprecio tu esfuerzo.
Tom sólo sonrió.
Porque tenía que ser honesto consigo mismo, el mayor de los gemelos no podía más que sentirse fuera de lugar. La recomendación de Andreas le había parecido una broma muy extraña, pero con Bill insistiendo en que al menos debería probarlo por unos días y si no funcionaba podrían regresar a su viejo patrón, Tom terminó por ceder tras una larga resistencia.
Claro que si bien su fachada externa era de tranquilidad, por dentro no podía dejar de pensar que sería un desperdicio de su día, al menos hasta que lograra convencer a su gemelo que él, Facebook y sus juegos, podían coexistir en el mundo sin necesidad de tratarse.
—Andreas dice que es divertido. …l mismo jugó un par de juegos y me dio una lista de recomendaciones —dijo Bill con emoción, tecleando el nombre de la página en su navegador y presionando ‘enter’ al final.
—No puedo esperar —rodó Tom los ojos, procurando al menos que su voz fuera más acorde a sus palabras que a sus visajes—. Y qué considerado de su parte.
—¡Lo sé! —Se emocionó Bill sin captar ni un poco el sarcasmo de Tom al decir aquello, sentándose en las piernas de su gemelo, para gusto de éste, y presionando el trasero inadvertidamente contra su entrepierna—. Lo primero es hacerte una cuenta. ¿Sugerencias de nombre?
El mayor de los gemelos soltó una risita más propia de una colegiala que de un hombre adulto. —No sé… ¿Qué tal ‘Tom Kaulitz’? Porque no estoy seguro si aún lo recuerdas, pero así me llamo.
—¿No es un poco… riesgoso? —Giró Bill la cara hasta encontrarse de frente con su gemelo.
—¿Cuántas personas con ese nombre no habrá ya registradas? —Bufó Tom—. Una más y nadie lo notaría. Seré sólo uno más entre los millones que ya tengan cuenta ahí.
Bill pareció considerarlo unos segundos, antes de asentir y empezar a rellenar el formulario de datos. —Tienes razón. Vamos a ver… Supongo que también puedo poner nuestro día de nacimiento… el año… ¿Correo?
Tom le dijo uno que usaba de años atrás y que aún revisaba regularmente cuando tenía tiempo.
—Y… ¡Listo! Felicidades, tienes tu primera cuenta de Facebook, Tomi.
«Y probablemente no dure mucho», pensó el mayor de los gemelos, haciendo clic aquí y allá con los datos del perfil. En estado civil puso ‘casado’ y Bill, aún en su regazo, vibró de la emoción. Agregó además un par de intereses, subió una fotografía suya en el perfil y soltó un suspiro.
—Listo, ¿ahora qué?
—Lo que sigue es sencillo… —Se levantó Bill de las piernas de su gemelo, muy para desilusión de éste—. Andy me dio el nombre de un par de juegos, ¿cuál quieres probar primero?
Tom se encogió de hombros. —¿Importa en realidad?
—Tommm —arrastró Bill la última letra, frunciendo el ceño en el proceso—. Me lo prometiste, que al menos fingirías interés en esto.
El mayor de los gemelos se ahorró el regaño. —Bien, vamos a probar… —Cogió la pequeña lista de papel que su gemelo había escrito cuidadosamente con su mejor letra—. ¿Tetris Battle? ¿Qué tal suena eso?
Bill sonrió de la misma manera que lo hacía frente a las cámaras e instantáneamente Tom se tensó; una sonrisa de ésas, no una de verdad, una de esas que su gemelo reservaba para él en la intimidad de su hogar, presagiaba todo menos verdadero entusiasmo.
—Uhm, Bill —dijo Tom—, ¿crees que podría, erm, hacer esto a solas?
El menor de los gemelos hizo un puchero. —¿No me quieres aquí contigo?
—No es eso, si no más bien… —Se rascó Tom la nuca—. Me pones nervioso. Si voy a encontrar un juego que me divierta, quisiera hacerlo a solas, sin presiones. Y así podrías tú descansar un poco como querías —se apresuró a agregar, viendo que su gemelo se desinflaba como un globo pinchado.
—Supongo que tienes razón…
—Sí, uhm, gracias —lo despidió Tom, un corto beso en los labios antes de despacharlo fuera de la habitación y con cuidado de no hacer ruido, cerrar la puerta detrás de sí.
—¿En qué diablos me he metido? —Gruñó Tom apenas estuvo a solas, la lista de Andreas en una mano y la otra apoyada sobre el escritorio. Por delante, el día se adivinaba aburrido en extremo.

Muy en contra de su propia voluntad, Tom probó un par de juegos.
Tetris Battle resultó no ser tan malo como pensaba en un inicio con toda la emoción que llevaba, pero luego de dos horas de jugar, comprobó con malestar, que más allá del nivel nueve no podía pasar y luego de perder cinco partidas consecutivas, optó por probar con otro juego un poco menos estresante.
Viendo la lista de Andreas, comprobó que Bejeweled Blitz estaba anotado y hasta subrayado con fuerza, así que se anotó para una partida. Al principio, el mayor de los gemelos resopló con malestar, viendo la pantalla repleta de piedras y sin saber qué hacer. Las instrucciones no decían nada más allá de alinear tres figuras del mismo color en vertical y horizontal. Probando eso, eliminó un par de figuras y hasta hizo un combo al desaparecer cuatro con un simple cambio de piezas, cuando… ¡Game over!
—Qué diablos —masculló. Apenas había transcurrido un minuto. Su puntaje no era muy alto, apenas había rozado los dos mil puntos—. Ok, esto es un reto —gruñó, anotándose para otra partida y mejorando su récord personal con cinco mil puntos y una pizca más—. Uh-uh, no me rindo —se acomodó Tom mejor en la silla, empezando el juego de vuelta y cuadruplicando sus puntos al lograr un par de combos más.
Sin saber bien cómo, Tom pasó la siguiente hora jugando. Avanzó un par de niveles, obtuvo medallas por ello y cuando al fin alcanzó una puntuación de casi doscientos mil, decidió que estaba aburrido.
—No es malo, Andreas, pero no es lo mío —le habló al papel que su mejor amiga se había encargado de hacerle llegar—. Veamos… —Repasó la lista sin encontrar algún juego que por el nombre le pareciera interesante.
¿Restaurant City? Ugh, sonaba a trabajar de mesero o pinche de cocina, y llegando a la rápida conclusión de que ser rock-star y después limpiar platos de alguien más era un cambio de ciento ochenta grados para mal, lo descartó. ¿FarmVille? Tom se imaginó vestido con un overol y un sombrero de paja como buen granjero menonita y emocionado por sus cosechas de papa; sacudió la cabeza de lado a lado, convencido que ni por todos los cultivos del mundo jugaría eso. ¿Sorority Life?... El mayor de los arqueó una ceja; ¿no pertenecía eso a las universidades como lo había visto en algunas películas?
—Esto es peor de lo que pensaba…
Y por primera vez desde que Bill lo había dejado a solas, lamentó su decisión.

—¡Qué tal va todo? —Se sentó Bill al lado de su gemelo, cuando luego de una tonificante siesta, bajó las escaleras y se encontró con Tom recostado en el sillón de la sala, un tazón de palomitas de maíz y el control remoto en la mano—. ¿Bien? ¿Mal? ¿Ya le vendiste tu alma a Facebook o estás un par de pasos antes?
Tom clavó sus ojos en Bill como si fueran dagas. —¿De qué tengo aspecto?
—Ok, mal. Sólo tenías que decir eso —resopló Bill, repentinamente contagiado del mal humor de su gemelo.
Los dos permanecieron en silencio, la vista fija a la pantalla del televisor. Tom estaba bien así, que luego de varias horas frente al portátil, estaba harto de cualquier ruido que no fuera el de una buena película. Por desgracia para él, Bill pensaba lo contrario.
—¿Probaste todos los juegos de la lista?
—¡Bill!
—¿Qué? —Bufó el menor de los gemelos—. Me dijiste que al menos lo intentarías.
—¡Lo hice!
—¡No es cierto!
Tom se apartó el tazón de las manos, incorporándose hasta quedar a la misma altura que su gemelo. —Claro que lo hice. Estuve al menos cinco horas jugando. No me gustó, ¿qué quieres que haga?
Los labios de Bill se contrajeron en una delgada línea que presagiaba el comienzo de una buena pelea entre ambos; Tom lo sabía, su gemelo podía ponerse peor que Hulk, si a su parecer, la situación lo ameritaba. Y a como veía palpitar la vena de su frente, así era.
—Que lo sigas intentando —golpeó Bill uno de los cojines con el puño—. Porque hasta que no lo hagas, no habrá besos…
—¡No! —Gimió Tom ante la perspectiva.
—… ni abrazos…
—¡Bill, no seas injusto!
—… y tampoco tendremos sex-…
—Ok, ok, —alzó Tom las manos en señal de completa rendición—. Tú ganas. Volveré a jugar esa porquería de juegos hasta que encuentre uno que me guste, que me vuelva adicto y muera por una sobredosis de internet, eso, pero por favor, no me tortures.
—Es por tu bien, Tomi —le dijo Bill, apaciguador, pero la sonrisa de satisfacción que llevaba en los labios, lo delataba en su totalidad—. Pero hablo en serio.
—Bien, comprendo —volvió Tom a coger el tazón—. Antes de volver a jugar, ¿puedo al menos terminar de ver mi película? —La verdad siendo que no le interesaba, ni siquiera le estaba prestando atención, pero la prefería por encima de cualquier juego que Facebook le pudiera ofrecer.
Bill tomó un puñado de maíz tostado. —Ok.
Acomodándose de vuelta en posición supina, Tom sólo pudo pensar en lo que se le venía encima; el panorama más desolador que jamás hubiera imaginado.

Tarde en la noche, Tom yacía en su cama al lado de Bill, quien después de mucho hacerse del rogar, había cedido a una sesión de besos y arrumacos bastante subida de tono. Luego de su orgasmo conjunto y unos pocos más de besos, sin embargo, le había recordado a su gemelo lo que esperaba de él, y sin darle tiempo a replicar, de debajo de la cama había extraído el portátil, dejándolo sobre las piernas de Tom y ya conectado a la electricidad.
—Diviértete con él, yo voy a dormir —había murmurado en su sopor post-orgásmico, antes de caer noqueado como por un mazo sobre la almohada, con la boca abierta y los ojos cerrados.
—Te odio, Bill —gruñó Tom sin verdadero rencor cuando después de iniciar sesión, observó el monitor por largos minutos antes de decidirse a hacer algo. El reloj apenas marcaba las diez de la noche y nada le apetecía más que desperdiciar su tiempo en internet. Ni siquiera seguir los pasos de su gemelo y darle una visita al reino de los sueños—. Ugh, no puedo creer que vaya a hacer esto.
Escogiendo el que a su parecer tenían el mejor nombre -no es que hubiera mucho de dónde elegir-, Tom optó por teclear Pet Society en la barra de direcciones y aceptar la solicitud de permiso. Con una lentitud que según Facebook era normal la primera vez que se cargaba el juego, Tom jugó un par de partidas de solitario antes de que todo estuviera listo.
—Bienvenido a Pet Society —leyó el mayor de los gemelos la primera línea de su nuevo juego—. Primer paso, tu mascota… Genial —ironizó, viendo que tenía que armarla como si de una muñeca de cerámica se tratase—, primero los ojos…
Muy en contra de su propio pronóstico, Tom pasó los siguientes quince minutos en profunda concentración. No sólo podía elegir que tipo de animal era su mascota, sino que además podía mezclar los detalles en una diversa variedad. Con orejas de conejo, cejas de Marilyn Monroe y la nariz de un puerco, el mayor de los gemelos no pudo más que ahogar la carcajada que pugnaba por salir de su boca.
—No, quiero que luzca bien —se dijo, removiendo las especificaciones y cambiando de nuevo.
Luego de casi media hora más, le sonrió satisfecho al monitor, donde su mascota lucía tal y como la había imaginado… Ojos grandes y castaños, expresivos; pelaje blanco; cejas arqueadas y bien perfiladas; por orejas, unas que asumía eran de gato; una nariz que se adivinaba respingada; la boca, ligeramente curva en las comisuras, como si la sonrisa fuera una idea de la otra persona; para finalizar, eligió sexo masculino y miró atento la barra del nombre, preguntándose cuál ponerle…
A su lado, Bill gimoteó entre sueños…
—Billy —dijo Tom, tecleando el nombre con ligera maldad de acción y presionando enter.
Sin saberlo, ahí mismo se creó su nueva adicción.

A la mañana siguiente, Bill abrió los ojos al día con pereza. Bostezando para quitarse de encima el sueño, estiró los brazos a su alrededor y golpeó algo en el proceso.
—Hey, cuidado —escuchó a su gemelo quejarse.
Ladeando el rostro en su dirección, Bill se encontró cara a cara con Tom; éste, con aspecto de haberse pasado la noche en vela, si es que podía guiarse por las ojeras que llevaba bajo los ojos o por la barba que le comenzaba a crecer, lo mismo que los tres pelos ralos que de vez en cuando le salían por encima del labio. Sumado eso a los ojos rojos, deducir no era difícil en lo absoluto.
Eso y que tenía la portátil sobre las piernas…
—Tomi, ¿dormiste algo? —Preguntó Bill por si acaso. Quizá su gemelo se había despertado de madrugada o había tenido una mala pesadilla.
—¿Dormir? —Corroboró Tom sus palabras, con la vista atenta al monitor, sin parpadear—. No.
Incorporándose sobre su codo, el menor de los gemelos se asomó a ver la pantalla de la computadora. —¿Qué diablos haces? ¿Por eso no dormiste?
—Yep —asintió Tom feliz.
—Erm… —Sin saber qué decir o qué hacer, Bill miró durante un par de minutos lo que parecía ser un animalito de pelaje blanco que iba de aquí a allá, repartiendo besos y manzanas a otros amiguitos peludos como él—. No entiendo, ¿me explicas?
Tom resopló, al parecer hastiado de verse interrumpido. —Observa con atención. Esta es mi mascota —omitió el mayor de los gemelos el nombre, sólo por si acaso Bill lo encontraba ofensivo—. Esta es su casa —cambio el paisaje en la pantalla y apareció en un cuarto decorado con muebles y algunos otros detalles como cuadros en las paredes y alfombras en el suelo. Al gusto de Bill, encontrando todo aquello muy alegre.
—¿Por qué todo es rosa?
—Es la semana de los SweetHearts, así que las tiendas tienen sus productos —dijo Tom—. Ya compré casi todo, pero me hacen falta aún un par de artículos que sólo se obtienen con dinero real.
La boca de Bill se contrajo en una mueca. —No pensarás pagar dinero por eso, ¿o sí? Porque son… No son reales. Si quieres comprar un sillón o algo así, yo te puedo dar un catálogo de Ikea.
—No lo entiendes.
«Obviamente no», pensó Bill con acritud.
—¿Y por qué visitas a otros animales? —Preguntó de pronto.
—Ah, eso —se explicó Tom—. Gano monedas cuando lo hago. Y si además encuentro a otra mascota que necesite ser bañada o alimentada…
—¿Cómo que ‘necesite ser bañada y alimentada’? —Repitió Bill las palabras de su gemelo—. ¿Es que comen y necesitan limpiarse?
—Duh —rodó Tom los ojos—, claro que sí. Tú comes y de vez en cuando tomas una ducha, ¿no? Observa —saludó a una mascota, como comprobó Bill, pues los dos animales se besaron e hicieron una pequeña danza después—. ¿Ves las moscas? —Señaló Tom a la otra mascota, que en efecto, estaba rodeada de un enjambre de esos bichos voladores—. Saco mi jabón y voilá —extrajo Tom de una de las barras inferiores una pastilla de jabón, que después procedió a pasar con furia por encima del animal. Bill se mordió el labio para no reírse, porque visto desde otra perspectiva, parecía que Tom masturbaba con entusiasmo al animalito. Al mismo tiempo, monedas y puntos se sumaban a las barras superiores, hasta que por último Tom terminó con su labor.
—¿Y luego?
—Ahora le doy de comer —volvió a abrir Tom su barra de ítems, de donde extrajo una manzana, una pera, una cebolla y una vara de apio—. Le podría dar pollo y no tener que esperar a que su barra de energía se llene tan despacio, pero cuesta más de cinco monedas y no me da más de los cinco puntos habituales —se explicó Tom.
Bill seguía sin creerlo. Viendo como la otra mascota recogía la comida del suelo y se la llevaba a la boca, donde al cabo de unos segundos desaparecía, dando cinco puntos y dos monedas a cambio, apenas si podía entender la gracia de todo.
—Es… —‘Interesante’, iba a decir, decidiendo usar otro sinónimo—. Parece divertido.
—Lo es —asintió Tom vehemente—. Oh Bill, tenemos que mandarle algún regalo a Andreas por recomendarme este juego. Desde que empecé a jugarlo, no he podido parar —dijo con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja—. ¡Es lo mejor que me ha pasado este año!
Bill frunció el ceño. —¿Ah sí? Porque yo recuerdo otros eventos de este año que también deberías tomar en cuenta, ¿sabes? Como ese día que salimos a una cita al parque los dos solos o…
Tom se giró y lo besó en la boca. —Shhh, eso no cuenta. Descubrir Pet Society es lo mejor de mi día, ¿contento? Ahora, ve y haz algo en lo que sale mi pastelito del horno. Sólo cinco minutos y podemos ir a desayunar. ¿Qué tal suena eso?
—Bien —respondió Bill, apartándose las mantas de encima y dándole la espalda a su gemelo, que ya sin prestarle ni la más mínima atención, se volvió a sumergir en el juego.
—He creado un monstruo —murmuró Bill por lo bajo, sin saber en realidad, que en efecto, lo había hecho.
De momento, el nuevo interés de Tom parecía casi inofensivo; la palabra clave: Casi.

—… entonces me dijo que sí, había desocupado mi habitación para ampliar el estudio, pero que no me preocupara, porque todas mis cosas estaban en cajas y de camino a la paquetería —finalizó Bill su relato, un rato después de despertar y preparando el desayuno—. Tom, ¿me escuchas?
Su gemelo, sentado a la mesa de la cocina y esperando por su comida, tenía la vista clavada en el monitor.
—¡Tom! —Gritó Bill, aplastando el hot-cake que tenía sobre el sartén.
—Argh, Bill, espera… —Murmuró el mayor de los gemelos—. Estoy en algo delicado aquí, si no te importa.
—¿Qué puede ser tan delicado? ¿Es que acaso haces operaciones de corazón abierto en ese juego o qué? —Curioso, Bill se asomó por encima del hombro de su gemelo. Ahí, la mascota aparecía sobre un muelle y con una caña de pescar en las manos—. ¿Qué haces?
—Pescar, duh.
Bill arrugó la nariz. —Obvio, pero pregunto para qué, so idiota.
Tom se mordió la lengua. —Es la semana de los peces arcoíris. Todos los días me regalan uno y al parecer, si los usas para pescar, obtienes un precio especial… ¡Sí, sí, mira! —Una ventana de diálogo se abrió y en ella apareció la imagen del pez más colorido que el menor de los gemelos hubiera visto jamás.
—¿Y qué con eso? —Regresó frente a la estufa, poniendo el hot-cake listo sobre un plato y vertiendo más mezcla en el sartén—. ¿Ganas puntos, dinero o…?
—Son para un traje de especial —dijo Tom—. Necesito todos los tipos de peces que hay de este tipo y entonces lo conseguiré. Pero para eso necesito jugar más, porque todos los días se gira la ruleta especial y…
Tom siguió con su perorata, mientras Bill fruncía el ceño de frente a la estufa. No quería decirlo frente a su gemelo, no cuando por primera vez en meses, lo veía entusiasmado con otra actividad que no fuera tomarlo en cualquier superficie de la casa, pero tampoco le estaba agradando su nuevo pasatiempo. De verlo jugar con ese dibujo peludo a tenerlo encima de su cuerpo y jadeando, prefería lo segundo, dolor en el trasero o no.
Tratando con todas sus fuerzas de ahuyentar los pensamientos negativos de su cabeza, para cuando Bill depositó los platos en la mesa, llevaba de nueva cuenta la sonrisa en labios.
—¿Qué opinas si esta tarde salimos juntos a pasear a los perros? —Sugirió—. Y si no nos dejan muy cansados, después podríamos ir a comer un helado. Vi una nevería bajando la calle, está un poco lejos, pero un poco de aire fresco nunca ha matado a nadie, ¿qué te parece?
Tom miró el reloj en la pantalla. —¿Crees que podríamos hacer todo eso en menos de dos horas?
—Es un poco apresurado, pero supongo que podríamos —dijo Bill, cortando un trozo de su comida y masticando—. ¿Por qué la pregunta?
—Tengo una hamburguesa deluxe en el horno —apartó Tom la portátil de enfrente suyo y también empezó a comer—. Si no lo saco a tiempo se me quemara, y ya después no sirve ni para puntos de reciclaje. Creo que sólo te dan diez.
—Mmm —gruñó Bill—. ¿Y se acaba el mundo si no sacas tu cosa ésa del horno? —Cuestionó con ira contenida; el sarcasmo tan impregnado en su tono de voz, que salvo pocas ocasiones en la vida, jamás lo había usado.
Sin percatarse de ello, Tom se encogió de hombros. —No hay que exagerar. Perdería las cincuenta monedas que me costó prepararlo y no obtendría los puntos. También me seguirían faltando platillos para el siguiente nivel. Aún soy Burger Flipper, pero si me esfuerzo, la próxima semana estaré un par de páginas más adelante en el libro de cocina.
Bill iba a replicar con acidez ante el inoportuno amor que su gemelo demostraba por la cocina, porque ¿de cuándo acá el interés en preparar una hamburguesa deluxe -como la había llamado- si en bases diarias apenas se freía una salchicha en la estufa?; molesto a límites indecibles por el cambio radical por el cual su gemelo estaba pasando, de odiar Facebook a ser un adicto a sus juegos, pero… …l mismo se lo había pedido, por lo tanto, él también se lo había buscado. Además, Tom se veía tan feliz. Relajado. Se estaba divirtiendo como en los últimos años no lo había hecho.
Y si la sonrisa en sus labios era un buen indicador de su estado actual de ánimo, entonces no tenía ningún derecho a quitarle su nuevo pasatiempo sólo porque quería pasar la tarde jugando.
—Mira, haré esto —dijo el mayor de los gemelos, sacando a Bill de sus oscuras elucubraciones—, pondré en el horno un platillo que salga en doce horas, en lugar de ocho. Así podremos pasear a los perros juntos y visitar esa heladería que dices. Nos sobrará el tiempo incluso para cenar juntos.
Bill hizo cuentas mentales. —¿Pero no tendrías que estar despierto muy tarde?
El mayor de los gemelos hizo un ruidito desdeñoso con la boca. —No importa. Sólo es dar clic para sacar el platillo y en menos de un minuto obtengo las monedas y pongo otro a hornear. —Extendió la mano sobre la mesa hasta atrapar la de Bill entre la suya—. La tarde la pasaremos juntos.
Al menor de los gemelos se le derritió ahí mismo el corazón. —Sí.
«Sí», pensó Bill, «esto de Facebook no es tan mala idea».

—Ugh, Andi, Facebook es la peor idea que has tenido en la vida —gruñó Bill al teléfono, al otro lado de la línea, su amigo de toda la vida—, y eso que tú me sugeriste vestir una falda escocesa para las presentaciones de la banda. ¿Ahora qué voy a hacer con Tom?
La estática le vibró en los oídos. La llamada internacional a las seis de la mañana no sólo le había costado sus horas de sueño, ni hablar del costo que la compañía de teléfonos gustosamente le mandaría el siguiente mes, sino también su paciencia. Luego de estar llamando a Andreas a horas más normales para encontrarlo durmiendo al otro lado del mundo, no le había quedado de otra más que hacer la llamada a sus propias horas de descanso.
—¿A qué juego dijiste que era adicto?
Bill se contuvo de golpearse la cabeza contra la pared. —No sé cómo se llama, ¿sí? Es algo con unos animales peludos y hay que bañarlos y alimentarlos y algo con ponerles pelucas. No sé, Andi, no sé.
—Tranquilo. Es el primer paso, recobrar la calma. Creo que es Pet Society. Un juego de vicio, si me preguntas. Jena duró como tres meses pegada a su computadora antes de poder llegar al nivel cincuenta y eso era sólo la mitad del juego.
—¡Esto es grave! ¡No tengo tiempo para dejar que Tom llegue al nivel quinientos! —Resopló Bill, conteniéndose para no gritar. En una rara ocasión de los últimos días, Tom dormía. Pero no duraría mucho. Como si fuera emergencia nacional, su gemelo había puesto la alarma a las siete de la mañana porque necesitaba sacar un filete de su horno antes de que se volviera carbón o algo así—. Andi, es importante.
—Lo sé, lo sé —respondió su amigo—, pero te dije desde un inicio lo que podía pasar si se enviciaba. Era tu último recurso y funcionó, ¿o no?
—Sí —admitió el menor de los gemelos—, funcionó. Pero no era lo que quería.
—¿Y eso era…?
—Sólo quería que Tom se relajara, que se divirtiera. Lo del sexo era un pretexto, creo. Porque sí, lo hacíamos a todas horas en muchos lugares, pero-
—Mucha información, puaj —se quejó Andreas al otro lado de la bocina.
—… en realidad no me importaba.
El silencio se hizo total a los dos lados de la línea.
—¿Sabes qué es lo peor? —Dijo Bill—. Tom le puso Billy.
—¿A quién?
—A su mascota, idiota. Se llama Billy y hasta le compró una peluca con cabello negro y en punta. Bueno, era roja, pero usó su tarjeta de crédito para comprar tinte permanente o algo así, y ahora es negra. De alguna manera es tierno, de otra es…
—Seh, entiendo —suspiró Andreas—, pero debes tener cuidado. Jena perdió como quinientos euros jugando en Facebook. Algo de ítems que son edición especial y sólo con dinero real puedes conseguir. Es una línea muy delgada que no debes cruzar jamás.
—Pues ya la cruzó, Andi —declaró Bill—, y me niego a creer que no hay retorno.
—Pues no sé qué sugerir, la verdad —confesó su rubio amigo—. Tom es del tipo que se obsesiona, ¿por qué no intentas que se cree un vicio con algo más? Funcionó antes, podrá hacerlo de nuevo.
Bill rodó los ojos al cielo. —Una vez más, ¿por qué eres mi amigo? ¡Resultas ser la ayuda más inútil del mundo, Andi! Sacar un clavo con otro clavo no es la solución.
—A menos —lo interrumpió su amigo—, que el nuevo vicio sea uno que te convenga a ti.
El menor de los gemelos casi escupió sus siguientes palabras. —A menos que de pronto le dé por coser bolsos Gucci, creo que no me conviene otra obsesión en su vida. «O en la mía», pensó con amargura—. ¿Es que no hay grupos de ayuda como alcohólicos anónimos, pero para personas con este vicio?
—Hey, eso mismo dijo Jena —rió Andreas al decirlo.
—¡Andi!
—No te puedo ayudar, Bill.
Los ojos del menor de los gemelos se abrieron de golpe, grandes, casi desorbitándose de sus cuentas. —¡Tú hiciste esto! ¡Tienes que ayudarme de alguna manera o te voy a mandar matar! ¡Conozco personas!
—Bill…
—Hablo en serio, Andi —amenazó el menor de los gemelos a su amigo—. Tiene días durmiendo menos de dos horas para poder recoger sus vegetales antes de que se echen a perder. No deja de visitar el mercado o la tienda de ropa y… Ya le quité las tarjetas de crédito, pero creo que sigue comprando cosas —lloriqueó al final, la voz quebrándosele—. Yo no quería esto.
Desde el otro lado del mundo, a Andreas el pecho le comenzó a doler.
—Te diré qué haremos —intentó consolarlo su amigo—, yo hablaré con él.
—No va a funcionar —denegó pesimista el menor de los gemelos—. Ni aunque te le pararas desnudo de frente a él y le bailaras la conga notaría tu presencia.
—¡Bill, eso es! ¡Ya sé qué haremos! —Exclamó Andreas de pronto, sacándole una mueca a Bill por gritarle en el oído, olvidando que sumado a la estática de la llamada, cualquier sonido se amplificaba a más del doble.
—¿Dejarme sordo? Porque creo que eso es lo que hiciste, Andi —se alejó Bill el teléfono de la cara, golpeándose un par de veces el oído afectado.
—¡Sí! ¡Digo, no! Argh, Bill, déjame terminar —habló Andreas atropelladamente—. Piensa, ¿qué es lo que Tom más ama en el mundo?
—En estos momentos… —El semblante del menor de los gemelos se endureció—. Diría sin error a equivocarme, que la portátil. O quizá la conexión de internet. ¿El horno? Ay, ya no sé.
Un suspiro se dejó escuchar a través de la bocina. —Piensa de nuevo, esta vez con el cerebro —dijo Andreas—. Una vez más, ¿cómo le puso a su mascota?
—Billy, ¿y qué con eso? —Farfulló el menor de los gemelos, adquiriendo un tono rojizo en el rostro. Bendito fuera el comunicarse sin tener que verse las caras o a su rubio amigo jamás dejaría de burlarse por ello—. Pudo haberle puesto Jesica Alba o Heidi Klum, no importa porque no significa nada.
—Al contrario, lo dice todo.
—Lo magnificas.
—¡Qué no, tú le restas importancia a un detalle crucial!
—Andreas, por favor… Deja tus teorías paranoicas para luego. Tom y yo, erm, ya sabes… Que me ama y eso, no es noticia nueva, si es lo que pretendes sacar de toda esta conversación.
Al otro lado de la línea se escuchó una especie de golpe fuerte.
—¿Andi? ¿Pasó algo? ¡Andreas, responde!
—Escucha bien, porque tú igual que Tom, eres de cabeza dura —dijo Andreas al cabo de unos segundos—. Tom tuvo que obsesionarse con el juego, no es que realmente lo esté. ¿Sabes por qué sé eso?
—¿Canal telepático?
—¡No! —Bufó su amigo—. Es porque uno, le puso tu nombre a su mascota; dos, lo vistió como tú, lo estoy viendo desde mi propia sesión en Facebook y es idéntico a ti en cada mínimo detalle, eso es, en versión de tres dimensiones y con pelo, pero eres tú y tres… Bueno, no tengo un número tres, pero sí una solución.
—¿Y esa es…?
—Dale un ultimátum.
—Ajá, ¿y qué más?
—Lo digo en serio.
—¡Yo también!
La línea telefónica quedó en silencio cuando tanto Andreas como Bill se tomaron unos segundos para recuperar la calma.
—No discutamos, ¿sí? Entiendo que es mi culpa lo que está pasando, pero alterarnos no solucionará nada —dijo Andreas, rompiendo el hielo—. Sólo dile a Tom que eres tú o su mascota.
—¿Y si no me elije a mí? —Balbuceó Bill—. ¿Y si soy su segunda opción o no me toma en serio?
—Ah, esa es la parte del plan que me da corte decirte.
—Andi, estoy desesperado, cualquier cosa, haré lo que sea para que Tom abandone Facebook.
Tomando aire, Andreas se armó de valor.
—Es por eso que al decírselo…
—¿Sí?
—… estarás desnudo.
Bill soltó una risita nerviosa. —¿Es broma, verdad? ¿O dices desnudo pero con ropa interior?
—No —dijo Andreas—. Desnudo como el día en que naciste, trasero al aire y polveado con talco si así crees que te luce mejor. Tienes que encontrar el momento propicio, ir hacia donde él esté y decirle algo impactante como ‘es Billy o yo, decide ahora o me pierdes’. Yo qué sé. De lo único que estoy seguro es que tienes que distraerlo con t-tu… tu-u ya sa-sabes… —Tartamudeó su amigo—. Tus encantos. Eso. No me hagas tener que explicártelo mejor.
—Claaaro —exageró Bill—, mis ‘encantos’ como dices.
—También sólo podrías comprar unas esposas y tenerlo secuestrado una semana en el armario, hasta que se le pase la fiebre de Pet Society, tú elije —zafó Andreas—. Lo que sea, hazlo ya. O cosas malas pueden pasar —finalizó en un lúgubre tono.
—Creo… —Sonrió Bill con malicia, elaborando un plan en su cabeza—. Que probaré mi mezcla especial de ambas opciones.
—¿Al clóset y desnudo? Sólo asegúrate de darle una manta para que las pelotas no se le congelen.
«No, desnudo y esposas, pero no para él», pensó Bill con un brillo en los ojos, los engranajes en su cabeza, trabajando a máxima velocidad.

Tom simplemente no lo vería venir.

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